Un cambio atípico, entre el desasosiego y la fe
May 7th, 2012 — jorgediazReflexión sobre peregrinaje a Cuba
Nunca he querido regresar a Cuba, como turista, mientras esté gobernada por una dictadura. Eso sí, siempre me dije que de retornar a mi tierra natal, sería como parte de una misión caritativa o educativa que promueva al pueblo, de manera efectiva. ¿Mi razón para pensar así? Cuando crucé la frontera de México con Estados Unidos, hace más de ocho años, pedí asilo político frente a un oficial migratorio estadounidense, debido a la falta de libertad y de oportunidades en la isla. Y las causas de mi partida, sin ánimo de juzgar ni herir a quienes visitan a Cuba con frecuencia, aún persisten.
Cuando me propusieron visitar a Cuba para dar cobertura periodística a la visita del Papa Benedicto XVI, del 26 al 29 de marzo pasados, vi realizado mi anhelo de reportar sobre una realidad compleja e inquietante, en la cual existe una lucha tenaz entre la fe y la desesperanza en el futuro, provocada por un sistema que anula a la persona humana. A través de más de cinco décadas, el gobierno ha implementado la estrategia de mantener al cubano enfrascado en la ardua lucha por sobrevivir, a fin de desalentarlo en la búsqueda de ideales liberadores y cuestionadores, como la fe. “Y las autoridades le tienen pánico a esas ideas, aunque lo oculten”, me susurró un joven católico, de raza negra y vestimenta humilde, en la plaza José Martí, en La Habana.
Así, apartado del lugar preferencial de la prensa extranjera, me propuse entrevistar, no sólo a obispos y sacerdotes, sino a laicos comprometidos y gente de pueblo, con el objetivo de captar reacciones que describan la labor de la Iglesia y la evolución de la fe del pueblo.
Y encontré a un pueblo que lucha por aferrarse a la esperanza que da la fe, en medio de una desgarradora desesperanza, por causa de la falta de libertad y de oportunidades para progresar económicamente, lo cual da al traste con la realización personal. De hecho, esperanza y fe fueron las palabras más mencionadas en las entrevistas, en medio de las multitudes de las plazas Antonio Maceo, de Santiago de Cuba, y José Martí, de La Habana.
Hace menos de una década, el cubano de la isla hubiese rehuido del micrófono de la prensa extranjera o hubiese fingido un discurso apegado al oficialismo, máxime si el reportero decía ser de Miami. No obstante, en medio de la sed y el calor tropical, el cubano se mostraba ansioso por manifestar su fe, sus opiniones y su apoyo al Papa. En las plazas había también grupos de no católicos, ajenos a la liturgia, reunidos mayormente en la periferia de la concentración, para poder acampar en el suelo y después salir con facilidad. Sin embargo, el pueblo parecía animado en torno a una actividad positiva y diferente, alejada del habitual discurso político que, encaminado a controlar y a obtener beneficios económicos para mantenerse en el poder, genera cansancio al no plantear soluciones prácticas a la realidad cubana. En sentido general, se apreciaba entre los presentes, cansados de ideologías estériles, un afán de búsqueda de una espiritualidad necesitada de trascendencia, debido a que el sistema socio-político imperante se ha proclamado como una especie de religión sin Dios, con sus símbolos, deidades, prohibiciones y cultos.
En Cuba se está generando un cambio atípico, el cual no depende de las decisiones del gobierno en materia económica o política, pues consiste en la conversión del pueblo. De acuerdo a decenas de testimonios recogidos por quien escribe estas líneas, los cubanos han ido reconociendo la importancia de la fe que restaura valores morales perdidos, mientras la Iglesia va recuperando espacios, no sólo en los medios de comunicación, sino en la conciencia del pueblo. Al respecto, la importante labor realizada por la Iglesia en materia asistencial y pastoral, en favor de la armonía entre cubanos, la ha situado como una entidad alternativa al gobierno paternalista, el cual es incapaz de solventar la acuciante crisis económica, crónica en la mayor de las Antillas, por más de 50 años.
Por último, cabe destacar la familiaridad con que los cubanos de la isla tratan al exiliado de Miami. En mi viaje, varias veces, escuché conversaciones entre criollos y europeos, en las cuales, el primero medía sus palabras y se mostraba un tanto frío y diplomático. Sin embargo, cuando yo revelaba mi procedencia miamense, afloraban la familiaridad y las confesiones del residente en la isla ante la carencia de oportunidades. Y es que, a excepción del pequeño grupo de represores, los criollos son nobles, generosos y soñadores. Ellos anhelan un cambio que viene llegando, desde bien adentro hacia afuera.












